En el imaginario colectivo del sindicalismo europeo está grabado a fuego el año 1955. Ese año se celebraron elecciones sindicales en la fábrica turinesa de Fiat, y, por primera vez, las listas de la CGIL, el gran sindicato italiano de la posguerra, perdió la mayoría.
La derrota abrió una crisis sin precedentes en el sindicato, cuyos dirigentes no podían entender cómo los trabajadores metalúrgicos les daban la espalda. Se está hablando de una época en la que el Partido Comunista era clave en la vida política del país, y la CGIL era su correa de transmisión. El PCI no sólo era la segunda fuerza política, sino que, tras la guerra, su líder, Palmiro Togliatti, había llegado a formar parte del Gobierno de unidad nacional creado en torno a De Gasperi como viceprimer ministro.
Cuando esa unidad nacional se rompió, el PCI -como la democracia cristiana-se radicalizó, al igual que la CGIL, partidaria de la huelga como instrumento de acción política. Por supuesto que no en los términos que proponía Sorel,el teórico de la huelga general revolucionaria.
Esta dificultad para entender los cambios sociales y económicos puede explicar los errores de bulto que a menudo comenten los dirigentes políticos y sindicales, acostumbrados a guiarse más por la inercia de los acontecimientos y de las ideas que por el fino análisis de una realidad necesariamente cambiante. Y eso es, precisamente, lo que les ha sucedido a las direcciones confederales de UGT y CCOO, que como todo el mundo sabe han convocado una huelga general contra la política económica de Zapatero, y, en particular, contra la reforma laboral.
Ni que decir tiene que existen millones de razones para oponerse a la política económica actual. Y no sólo por la existencia de más de 4,6 millones de trabajadores en paro. También por la aprobación de una reforma laboral que tiene dos características principales. Por un lado, da barra libre a las empresas para que sustituyan empleo caro (el de mayor antigüedad) porbarato (jóvenes mileuristas), con lo que ello supone de descapitalización de la empresa al expulsar a miles de trabajadores del proceso productivo. Por otro, la reforma no va a ayudar en nada a resolver el problema de fondo del mercado laboral: la famosa dualidad entre contratos fijos y temporales. Cuando la economía española vuelva a crear empleo, más de un 30% de la fuerza laboral seguirá con contrato temporal, lo cual pasa factura en términos de competitividad, como han demostrado multitud de estudios. La rotación laboral es el peor enemigo de la cualificación profesional y del valor añadido en las empresas.
Nulo margen de maniobra
Razones hay, por lo tanto, para oponerse a la política económica del Gobierno, pero otra cosa muy distinta es llegar a la conclusión de que la mejor forma de hacerlo es a través de la huelga general. Entre otras cosas porque el margen de maniobra del Ejecutivo para cambiar la reforma es simplemente nulo. Algo que no ocurría en las convocatorias de 1988, 1992, 1994 y 2002, en las que el Ejecutivo no estaba tutelado por los organismos económicos internacionales. Y por cierto que no estará de más recordar la participación en esas huelgas: 4,8 millones el célebre 14-D; 3,7 millones, en 1992; 4,9 millones, en 1994 y 4,5 millones en el paro general convocado contra eldecretazo de Aznar, según los registros oficiales.
El 29-S es heredero de un modelo de sindicalismo ya superado por la realidad, y que basa su estrategia en la existencia de potentes aparatos confederales con fuerte eco mediático. Y que se comportan como si formaran parte del entramado político-institucional, pero sin pasar por las urnas. Lo que explica fotos tan estrafalarias como las que hace algunos meses se hicieronToxo y Méndez en la Cumbre de presidentes autonómicos, como si formaran parte del poder Ejecutivo.
Razones hay para oponerse a la política económica del Gobierno, pero otra cosa es llegar a la conclusión de que la mejor forma de hacerlo es a través de la huelga general
La consecuencia de este modelo de representación es la existencia de débiles sindicatos de rama con escasa penetración en las empresas, lo que se traduce en una baja afiliación sindical. Y lo que es todavía peor, abona la existencia de una negociación colectiva empobrecida que en la mayoría de las ocasiones se limita a reflejar la subida del IPC y poca cosa más. Sobre todo en la pequeña y mediana empresa. No es ajeno a este escenario el hecho de que los salarios españoles reales sean de los que menos han subido en la OCDE en las últimas dos décadas. Los asalariados no han participado de los avances en términos de productividad (por el cambio tecnológico) que se ha registrado en la empresa española.
Las centrales -acosadas por la caverna mediática- suelen argumentar que su representatividad viene dada por las elecciones sindicales, pero se trata deuna verdad a medias.
Es verdad que los sindicatos pasan cada cuatro años por las urnas en los centros de trabajo, pero no es menos cierto que la participación es escasa. Y sólo hay que recordar que la tasa de afiliación en el sector público (32,8%) duplica a la del sector privado (15,8%). Y que en el caso de los temporales -precisamente quienes están en peores condiciones laborales- la afiliación llega a un escueto 11%. La afiliación en las empresas con menos de 10 trabajadores (más del 95% del tejido productivo) alcanza un escalofriante 8%, frente al 29% de una empresa con más de 250 trabajadores. El retrato robot de un afiliado sería, por lo tanto, un trabajador fijo del sector público o perteneciente a una gran empresa privada. Y con una edad comprendida entre los 45 y 65 años: 26% de afiliación, casi el triple que entre los jóvenes entre 16 y 29 años (10,3%).
Este modelo de relaciones laborales está detrás del hecho de que la afiliación sindical en España -un raquítico 16%- se sitúe entre las más bajas de Europa. Tan sólo por encima de Estonia, Francia y Lituania. Por el contrario, no es casualidad que en países como Suecia o Finlandia se supereampliamente el 70% de afiliación.
¿Qué fue de la cogestión?
La diferencia no sólo obedece a circunstancias históricas. Sería ridículo comparar ambos modelos sindicales. También se debe a la existencia de centros de decisión pegados a la fábrica, lo que facilita la acción sindical en las empresas. Pero ocurre que los sindicatos, en lugar de priorizar la cogestión en las fábricas -modelo alemán- como unos de sus objetivos estratégicos e irrenunciables, han optado por querer formar parte de la superestructura política e ideológica en los términos que planteaba Gramsci. Algo que se traduce en una dependencia de los fondos públicosincompatible con la autonomía sindical, sobre todo en el caso de UGT.
Este modelo de relaciones laborales está detrás del hecho de que la afiliación sindical en España -un raquítico 16%- se sitúe entre las más bajas de Europa
Se ha escogido un modelo mixto en el que los comités de empresa cumplen un papel central en las relaciones laborales, lo que debilita las secciones sindicales. Los trabajadores no tienen ningún incentivo para afiliarse, toda vez que los convenios colectivos seaplican a toda la plantilla independientemente de si están afiliados o no. Y encima les sale gratis (no hay que pagar cuota alguna). Algo que revela por qué las secciones sindicales tienen un componente más ideológico que funcional. Máxime cuando ni siquiera son capaces de ofrecer los servicios sociales que demandan los trabajadores. Al menos en la cuantía suficiente.
Este modelo sindical ahora obsoleto fue, sin lugar dudas, útiles durante la Transición y los primeros años de democracia. El diálogo social es una de las grandes aportaciones que ha hecho este país a la praxis política. Gracias que había comités de empresa de carácter unitario se pudo compensar la existencia de aparatos sindicales débiles, pero ahora ese tiempo ha pasado, como la propia figura de la huelga general, salvo circunstancias extraordinarias que hoy por hoy no se dan.
No se trata sólo de un modelo de relaciones sindicales obsoleto. Es también ineficaz, como se va a demostrar tras el 29-S. El sindicato que no negocia el conflicto social simplemente no existe. Y eso obligará tanto a Méndez como a Toxo a reforzar su papel institucional. Al menos para no reducir su presencia mediática. Y la consecuencia será, una vez más, la existencia de sindicatos de rama débiles que sucumben ante los aparatos confederales. En ningún otro país europeo los secretarios generales confederales tiene el nivel de presencia mediática que en España.
Corresponde a las secciones sindicales frenar la reforma laboral en los centros de producción mediante acuerdos que prioricen la estabilidad en el empleo a cambio de mayor flexibilidad interna en las empresas; algo de lo que, por cierto, está ausente en la reforma laboral. En línea con lo aprobado en Siemens en Alemania. Pero para eso es necesario cambiar las reglas del juego. Algo que, por cierto, hizo la CGIL tras su derrota en Fiat de la mano de sindicalistas como Trentin o Di Vittorio.
El propio Trentin dejó por escrito una fase memorable atribuida al histórico secretario general de la CGL. “Aunque el patrón tenga el 99% de la culpa, existe un 1% que nos interpela, y sobre eso quiero trabajar”, dijo Di Vittorio a la ejecutiva de su sindicato. Y aquel 1% no era poca cosa, recordaba. Se trata de reapropiarse de los problemas de la condición obrera,
Carlos Sánchez - 26/09/2010 EL CONFIDENCIAL
MIENTRAS TANTO, Carlos Sánchez